Favorecida por la creencia
de que lo que vemos es la consecuencia de la realidad existente, la inercia refuerza la continuidad de una
actitud que desea el cambio del mundo; sin reparar en que el mundo es la
interpretación de lo que mantenemos en nuestro interior como creencia. Si el
mundo es justo, injusto, bello, malvado, ecológico, tóxico… no es, sino la
consecuencia de las interpretaciones vivenciales de quienes, desde su
personalidad, dicen conocer al mundo como una identidad separada de ellos.
Aparte de que el mundo
también soy yo; “yo”, como una parte del mundo, participo de la idea
transformadora de que defino al mundo desde mi visión. Tantos mundos como almas
en evolución, tantos credos como yoes necesitados de amor.
La idea de que lo que veo es
lo que existe, lleva a las mentes a la copia incesante de una realidad
inventada, que se transmite de padres a hijos y se hace fuerte por la
colaboración diaria de todos los que participamos en ella.
Esa supuesta realidad es la
que estudia la ciencia autorizada, la que se mantiene a través de la
transmisión de esa visión del mundo, que nació de una interpretación mental
específica en un momento dado de la evolución de la humanidad, y que se ha
instaurado como verdad.
Con esta visión, en su
momento, las universidades perdieron su objetivo de inicio: la formación del
Ser, el desarrollo del arte de vivir, y la esencia de la búsqueda de la verdad
a través de la contemplación y el gobierno de los caracteres; para convertirse
en educadoras de servicios y proveedoras de “salidas” profesionales,
trasladando ideas “limitadas” de acuerdo a los “ismos” imperantes en cada
legislatura del poder.
El modelo educativo actual,
está tan extendido, aceptado y avalado en la propuesta de las verdades absolutas
y las adecuaciones formativas para cumplir con la necesidad inventada de
adquirir un puesto de trabajo y de tener una forma de ganarse la vida, que se
ha perdido de vista la necesidad de enseñar a vivir. En nuestro mundo
inventado, se ha diluido el legítimo
espíritu formativo, el sentido real de la enseñanza académica, despreciando
tanto las necesidades expresivas humanas, como el desarrollo de las habilidades
espirituales que permitirían a la consciencia mantener un vínculo sinérgico con
el mundo y las conciencias de todos los seres que en él habitan.
Tanto ha calado esta pseudo
verdad, que incluso en los ámbitos “alternativos”, donde se habla de cambio de
paradigma y de desarrollo de la consciencia, se repiten los modelos
escolásticos que centran la atención en la formación, y salida profesional, más
que en la liberación de la mente del individuo.
Nos encontramos en un
momento creativo que no pretende confrontar ni abolir, sino expresar y consagrar espacios de orden
renaciente, que fomenten la diversidad generadora y exploradora de las mentes
libres que se inician en el mundo para comprender el verdadero sentido de la
existencia. Estamos frente a la oportunidad de recuperar las Escuelas de
Pensamiento, como espacios favorecedores del autoconocimiento y de la
evolución, en los que se expresen, en lo colectivo, las nuevas evidencias
nacidas de la propia entidad global a través de sus unidades particulares, que
se muestran en el mundo como personas.
Estas Escuelas han existido
en todos los tiempos, a veces veladas por temor al descrédito o a la
aniquilación; les inspiraba el amor a la verdad, al ser humano, a la Naturaleza
y al Cosmos, que en realidad, desde su cosmovisión, eran una misma entidad.
Desde que en el año 529 d. C. el emperador Justiniano cerrara la Academia (y el
resto de escuelas filosóficas atenienses), prohibiendo la enseñanza de la
filosofía, hasta nuestros días, se han sucedido muchos episodios de
renacimientos y oscuridad en el ámbito docente. Cada cambio político en el
gobierno lleva implícita una renovación vinculada a la interpretación del
modelo del mundo que quieren transmitir en las aulas, para que más tarde la
visión del mundo tenga visos de universalidad y así conquistar las mentes e
inventar una realidad que no se sostiene, porque está acabando con el campo de
pruebas de nuestra interpretación, el Planeta Tierra.
La Escuela Andalusí, nuestra
Escuela de Pensamiento, abre sus puertas a la exploración del sí mismo, del
self, tanto en el humano como en el cosmos, tanto en el mundo, como en la
psique; buscando que el alumno encuentre la verdadera naturaleza mutable del
Universo, en el único lugar en el que lo puede hacer, en su interior,
reconociendo como perfectas todas las formas de emanación del Todo que
coexisten en él.
Más allá de los centros
formativos al uso, hoy, más que nunca, necesitamos Escuelas de Pensamiento que
recuperen la figura del hombre y la mujer justos, que fomenten el libre
pensamiento y con ello, la felicidad.
Luis Jiménez

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