Alimento para el pensamiento

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"¡Saludos, buen hombre! ¿Puedes decirme si este es el camino para Atenas?".
Sócrates le aseguró que así era. "Sigue todo recto. Es una ciudad bastante grande. No tiene pérdida".
"Dime", dijo el viajero, "¿cómo son las gentes de Atenas?".
"Bueno", dijo Sócrates, "dime de dónde vienes tú y cómo son las gentes de allí, y entonces te diré cómo son las gentes de Atenas".
"Soy de Argos. Y estoy orgulloso y me alegro de decirte que las gentes de Argos son las más amables, felices y generosas que jamás puedas encontrarte".
"Y yo me alegro enormemente de decirte, amigo mío", dijo Sócrates, "que las gentes de Atenas son exactamente igual".
El viajero prosiguió su camino y Sócrates continuó sentando en el mojón del camino. La conversación le había hecho sentir ganas de celebrar la bondad y la humanidad del mundo. De modo que su mente se dirigió hacia el odre de vino que tenía a la izquierda, a sus pies. Se preguntaba si debería echarse un trago tan temprano. pero el pensamiento de este refrescante vino de la región, su embriagadora mezcla de uvas y piñones, con el brazo estirado y estrujándolo para extraer un largo y refrescante arco de ambrosía líquida en dirección a su garganta reseca, cuando apareció otro viajero a lo largo de la carretera.
"¡Saludos, buen hombre! ¿Puedes decirme si este es el camino para Atenas?".
AL igual que había hecho con el viajero anterior, Sócrates le aseguró que así era. "Sigue todo recto. Es una ciudad bastante grande. No tiene pérdida".
"Dime", dijo el viajero, "¿cómo son las gentes de Atenas?".
"Bueno", dijo Sócrates, "dime de dónde vienes tú y cómo son las gentes de allí, y entonces te diré cómo son las gentes de Atenas".
"Soy de Argos", dijo el segundo viajero, "y me entristece y me desagrada decirte que las gentes de Argos son las más ruines, despreciables y menos amistosas que jamás puedas encontrarte".
"Y a mí me desagrada enormemente tener que decirte, amigo mío", dijo Sócrates, "que las gentes de Atenas, son exactamente igual".