Apuntes sobre Los 4 Elementos




Haremos en primera instancia una síntesis de aquellos resquicios de sabiduría que se manifestaron en diferentes épocas, rindiendo con ello respeto y tributo a quienes dejaron el legado, para vincular de forma certera la “Gran Obra” de Bach a su verdadera fuente; entretejeremos un entramado de símbolos, ligados mediante invisibles lazos sin lugar ni tiempo, que no hace más que reafirmar lo que reza en la Tradición:

Todo lo que existe nace de los 4 elementos; que los denominados Fuegos, Aguas, Tierras y Aires no son en Sí mismos más que burdas proyecciones de nuestra limitada psique a las que podemos acceder a través de los sentidos, pues la verdadera esencia de estos 4 elementos se oculta en la dimensión del espíritu, allá donde sólo pueden acceder aquellos que como Ezequiel han entregado su vida para servir a los hombres. 

Todos conocemos desde pequeños la denominación y la manifestación física de los 4 elementos: Fuego, Aire, Tierra y Agua; sin embargo, para la conciencia evolucionada, estos poseen un elevado trasfondo simbólico que representa la función que cada uno de ellos desempeña a un nivel más sutil que la simple realidad dual. Partiendo de las primeras referencias bíblicas, nos encontramos con la descripción de Ezequiel narrada en el Antiguo Testamento: la “Visión del Carro Divino” (1:4-28), donde describe “la presencia de un viento huracanado que venía del norte y una gran nube con un Fuego fulgurante”, en medio del cual distingue cuatro seres vivientes con rostros de hombre, león, toro y águila; este cuaternario es también aludido por San Juan en el Apocalipsis (4-7): “El primer viviente, como un león; el segundo viviente, como un novillo; el tercer viviente tiene un rostro como de hombre; el cuarto viviente es como un águila en vuelo.” Entonces no es casualidad que antes, mucho tiempo atrás, en Mesopotamia, el gran guardián de la ciudad de Khorsabad fuera la colosal estatua de un toro alado con cara de hombre y cola de león, o que en el antiguo Egipto se edificara la Gran Esfinge, mudo testigo del devenir de la humanidad, serena figura que para el estudioso de las ciencias herméticas encarna en su apariencia el origen de todo lo manifestado.

La Esfinge puede parecer al ordinario transeúnte un error estético, una composición mal ensamblada; pero ahí, en sus formas entremezcladas, es que desde el simbolismo hermético se manifiesta la Unidad de las cuatro columnas implícitas en todo lo que existe, los 4 elementos constitutivos del microcosmos y del macrocosmos: el Agua en las alas de águila, la Tierra en las patas de toro, el Aire en la cabeza del hombre y el Fuego en las patas de león; y esta conjunción en esta fusión alegórica hace simbolizar el Todo al que nada ni nadie escapa, esa Unidad perenne a la que todos pertenecemos. La Esfinge es el símbolo del universo entero y, al mismo tiempo, del más pequeño componente subatómico.

En la semántica de esta fusión de elementos encontramos los orígenes del tetramorfo, representación que muchos siglos después, tanto de la edificación de la Esfinge como de la visión de Ezequiel, aparece en la iconografía de una inmensa cantidad de templos cristianos, reproduciendo los rostros descritos por el profeta en las escrituras, es decir, a los 4 elementos, ubicando al centro al “Pantocrátor”, elemento unificador que seguramente refiere a la fuerza del Todopoderoso; esta imagen que se reproduce también en el arcano XXI del tarot “El mundo”, con la diferencia que al centro encontramos la figura de una mujer en apariencia, pues los sabios mantienen que la banda que oculta su sexo vela un gran secreto.

Aprovechando el lazo que hemos tendido entre el antiguo Egipto y la cosmología cristiana, resulta pertinente reflexionar sobre lo que nos dice María Maya:

La gran esfinge de Gizeh, hoy semisepultada por la arena, estaba labrada en la roca viva. La civilización del Antiguo Egipto —mucho más sabia que la nuestra— quiso dejar a la posteridad este símbolo del largo y azaroso camino del discipulado. A comienzos de la era cristiana, esta simbología se repite en los cuatro evangelistas, discípulos de Cristo: San Lucas, el paciente y perseverante toro cuyo evangelio enfatiza el trabajo de Cristo en la Tierra; San Marcos, el león dedicado a los aspectos de la muerte y transfiguración de Cristo; San Mateo, el aguador tras la verdad, el conocimiento, la acción y la forma perfectas, y San Juan, el águila simbolizando la inspiración y la fuerza emocional. (Maya, 2007)

A partir de esta reflexión podemos comenzar a desvelar los símbolos que corresponden a cada uno de los elementos: San Lucas y el toro representan a la Tierra, elemento que se mantiene impávido o “paciente” ante el acontecer del mundo; San Marcos y el león son el Fuego, fuerza primigenia y transformadora que revela a su paso la esencia escondida tras cualquier armadura; San Mateo y la cabeza de un hombre simbolizan el Aire, elemento sutil que se mueve en el invisible mundo del pensamiento y las ideas; por último, San Juan y el águila se identifican con el Agua, emotiva y adaptable.

No debe resultarnos entonces extraño que al verter su interpretación de los hechos de la vida de Cristo cada uno expresara la palabra sagrada en términos de su propio temperamento (entendido como una manera de interactuar con el entorno, cuestión que abordaremos posteriormente); cuatro evangelistas, sin entrar en la consideración simbólica o histórica del hecho, escriben para cuatro diferentes formas de entender al mundo: Marcos escribió para los de temperamento colérico (Fuego), Lucas para los de temperamento melancólico (Tierra), Mateo para los de temperamento sanguíneo (Aire) y Juan será mejor entendido por los de temperamento flemático (Agua).

Apenas en el siglo pasado, Rudolf Steiner, filósofo, místico y padre de la Antroposofía, dice en un ciclo de conferencias sobre los Evangelios dictadas en Berlín en 1909:

…La fuerza que pulsa en las venas del mundo, la fuerza que desarrolla el poder mediante el cual todo puede realizarse —la potencia creadora que palpita en el mundo y que ha sido siempre representada simbólicamente con un león— es aquel poder que llegó a la Tierra por intermedio de Jesucristo… tal se nos aparece en el Evangelio de San Marcos….

El león, el Fuego, es una vez más descrito como la fuerza originaria que todo lo acciona y dinamiza. 

…Si hemos de buscar un ejemplo para ilustrar la situación o actitud del Alma producida por el estudio del Evangelio de San Lucas, diremos que se asemeja en alguna forma al caso descrito en los mitos de Mitra, referentes a la conducción del animal sacrificado al ara de los sacrificios. Frente al toro… 

Encontramos en este comentario nuevamente referencia al toro, la Tierra.

“…Cuando estudiamos el Evangelio de San Mateo se nos presenta un cuadro de lo que Jesús fue como hombre, de la forma en que actuó como hombre…”. El pensamiento es el Aire y, sin duda, la mente es el sagrado instrumento entregado sólo al hombre para actuar en el mundo.

“…Con referencia al Evangelio de San Juan hablamos de grandes ideas que se elevan en las alturas como el vuelo del águila sobre las cabezas de los hombres…”. Podemos inferir que sobre el pensamiento suelen estar las emociones: el Agua.

Ilustramos a continuación con algunos ejemplos extraídos de los evangelios, en ellos notaremos de inmediato el tono elevado y trascendente de Marcos, descriptivo y concreto de Lucas, preciso y estructurado de Mateo y, por último, emotivo y sentido de Juan:

San Marcos FUEGO
1 PRINCIPIO del evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios. 2 Como está escrito en Isaías el profeta: He aquí yo envío á mi mensajero delante de tu faz, Que apareje tu camino delante de ti. 3 Voz del que clama en el desierto: Aparejad el camino del Señor; Enderezad sus veredas. 4 Bautizaba Juan en el desierto, y predicaba el bautismo del arrepentimiento para remisión de pecados. 5 Y salía á él toda la provincia de Judea, y los de Jerusalem; y eran todos, bautizados por él en el río de Jordán, confesando sus pecados. 6 Y Juan andaba vestido de pelos de camello, y con un cinto de cuero alrededor de sus lomos; y comía langostas y miel silvestre. 7 Y predicaba, diciendo: Viene tras mí el que es más poderoso que yo, al cual no soy digno de desatar encorvado la correa de sus zapatos. 8 Yo á la verdad os he bautizado con Agua; mas él os bautizará con Espíritu Santo. 


San Lucas TIERRA
1 HABIENDO muchos tentado á poner en orden la historia de las cosas que entre nosotros han sido ciertísimas, 2 Como nos lo enseñaron los que desde el principio lo vieron por sus ojos, y fueron ministros de la palabra; 3 Me ha parecido también á mí, después de haber entendido todas las cosas desde el principio con diligencia, escribírtelas por orden, oh muy buen Teófilo, 4 Para que conozcas la verdad de las cosas en las cuales has sido enseñado.

San Mateo AIRE
1 LIBRO de la generación de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abraham. 
2 Abraham engendró á Isaac: é Isaac engendró á Jacob: y Jacob engendró á Judas y á sus hermanos: 3 Y Judas engendró de Thamar á Phares y á Zara: y Phares engendró á Esrom: y Esrom engendró á Aram: 4 Y Aram engendró á Aminadab: y Aminadab engendró á Naassón: y Naassón engendró á Salmón: 5 Y Salmón engendró de Rachâb á Booz, y Booz engendró de Ruth á Obed y Obed engendró á Jessé: 6 Y Jessé engendró al rey David: y el rey David engendró á Salomón de la que fué mujer de Urías: 7 Y Salomón engendró á Roboam: y Roboam engendró á Abía: y Abía engendró á Asa: 8 Y Asa engendró á Josaphat: y Josaphat engendró á Joram: y Joram engendró á Ozías: 9 Y Ozías engendró á Joatam: y Joatam engendró á Achâz: y Achâz engendró á Ezechîas: 10 Y Ezechîas engendró á Manasés: y Manasés engendró á Amón: y Amón engendró á Josías: 11 Y Josías engendró á Jechônías y á sus hermanos, en la transmigración de Babilonia. 12 Y después de la transmigración de Babilonia, Jechônías engendró á Salathiel: y Salathiel engendró á Zorobabel: 13 Y Zorobabel engendró á Abiud: y Abiud engendró á Eliachîm: y Eliachîm engendró á Azor: 14 Y Azor engendró á Sadoc: y Sadoc engendró á Achîm: y Achîm engendró á Eliud: 15 Y Eliud engendró á Eleazar: y Eleazar engendró á Mathán: y Mathán engendró á Jacob: 16 Y Jacob engendró á José, marido de María, de la cual nació Jesús, el cual es llamado el Cristo.

San Juan AGUA
1 EN el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios. 2 Este era en el principio con Dios. 3 Todas las cosas por él fueron hechas; y sin él nada de lo que es hecho, fue hecho. 4 En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. 5 Y la luz en las tinieblas resplandece; mas las tinieblas no la comprendieron.




Entonces son 4 elementos a partir de los que se crea el universo y lo que en él existe; ahora bien, en el contexto de este trabajo, el punto focal es el ser humano, criatura consciente y dueña del devenir de la nueva Tierra, quien, desde una visión fractal, fue también creado a partir de la conjunción de los 4, como expresa Najmánides, sabio cabalista de Gerona, en el siguiente comentario de un versículo del Génesis:

Respecto a Adán, dijo Elohim: “Hagamos”, como diciendo: “Yo y la Tierra mencionada, haremos al hombre”, en el sentido que la Tierra hará surgir su cuerpo de los elementos, como lo ha hecho para los animales domésticos y salvajes, como está escrito: “Y el Señor Dios formó al hombre del polvo de la Tierra” (Génesis II: 7). Y Él, bendito sea le dio el soplo de la boca del Altísimo, como está escrito: “E insufló en sus narices una Alma de vida” (Génesis II: 7). Y dijo: “A nuestra imagen, como nuestra semblanza” (Génesis I: 26), ya que Adán se parece a los dos (Piruch al haTorah, 1967).

Najmánides desde su visión espiritual describe de manera simbólica la fusión elemental que se necesita para crear al arquetípico Adam primordial o Adam Kadmon, génesis de toda creación posterior. El aliento constituido por Fuego y Aire, representativo de la dimensión espiritual del ser humano, al fusionarse con la Tierra, en esa “arcilla” primordial formada por la mezcla del Agua y la Tierra, el cuerpo, hará que nazca un nuevo ser en los confines de la Creación. A partir de esta lectura simbólica podemos diferenciar, además de los elementos constitutivos de nuestra apariencia psicofísica, cuatro tendencias o funciones, como las denominaría Jung, y que más tarde estudiaremos, para interpretar el mundo: la Tierra vinculada al plano físico (cuerpo) madre de la sensación o percepción, el Aire hermanado con lo mental que favorece la reflexión, el Agua en íntima relación con la emoción favoreciendo así el sentimiento y el desarrollo afectivo, y el Fuego a un marco extrasensorial que denominamos intuición, como la capacidad no reflexiva que permite al ser moverse sin restricciones.

Los 4 elementos como podemos advertir están tan vinculados al desarrollo de la vida en la Tierra que sería absurdo que un iniciado como Bach no los tuviera en cuenta para elaborar sus 4 Ayudantes. Pasando a otros aspectos abordados por la Tradición respecto de los 4 elementos, el hermetismo los considera “Los pilares de la Tierra, los puntos cardinales, ejes para todas las direcciones”. Los puntos cardinales son las referencias que organizan y dan coherencia al espacio, definen el lugar exacto en el que la vida se está manifestando, a pesar de que el espacio no sea del todo material, incorpora también su fragmentación en cuatro. Al respecto, hemos de comentar que los templos occidentales, así como cualquier construcción consciente, se orienta para su edificación y armonización con el entorno, con relación a los elementos, de la siguiente forma: la Tierra al norte, el Fuego al sur, el Agua al oeste y el Aire al este. En todos los casos, el altar mayor, que como sabemos es el lugar donde se dirige el culto, se sitúa al este, cuna del sol naciente, punto sobre el cual se posa la mirada cuando se va a verificar una ceremonia de carácter ritual; esta práctica se remonta incluso a la ancestral Tradición Celta.

Los ciclos o segmentaciones de cuatro que estructuran cualquier mándala o Unidad circular completa, ya sea zodiacal, anual, espacial, psíquica, universal, etcétera, nos permiten estudiar a la Totalidad de forma parcelada, conocer sus movimientos, y con ellos las emergencias que de una forma individual surgen de acuerdo con el tiempo. Cuando deseamos profundizar en los elementos y extraer la evidencia que nos muestra la Naturaleza a partir del estudio y del trabajo consciente en su movimiento cíclico, podemos auxiliarnos de las correspondencias en cada área con la que la mente humana ha parcelado la vida, por ejemplo, en los puntos cardinales o en las estaciones del año (primavera-Aire, verano-Fuego, otoño-Tierra, invierno-Agua), obteniendo así resultados en la psique, cuerpo y Alma que se verán sincronizados a la perfección según el gran plan, sin olvidar que cualquiera de las manifestaciones que la mente califica o clasifica como diferente no es más que la misma raíz elemental en diversos ámbitos de la conciencia del ser.

Para favorecer el entendimiento y la integración de la información más allá del intelecto, la Tradición asocia a los 4 elementos con una representación geométrica que a continuación ilustramos: el Fuego, un triángulo hacia arriba; el Agua, un triángulo hacia abajo; el Aire, un triángulo igual al del Fuego con una línea que cruza cerca de su vértice superior; y la Tierra, un triángulo hacia abajo (como el Agua) con una línea que cruza su vértice inferior, como lo señala Papus en su libro “Iniciación Astrológica” (Papus: 1990).

A partir de esta vinculación de los 4 elementos con la figura sagrada del triángulo, podemos ver que cuando los elementos se encuentran en perfecto equilibrio, forman la estrella de David, o el hexagrama salomónico, un triángulo hacia arriba y un triángulo hacia abajo, la cual representa el justo balance del “Fuego y el Agua” del que ha de nacer todo iniciado. De esta conjunción (la estrella de seis aristas) surge el símbolo de la masonería que utiliza para su construcción la escuadra y el compás que sirven para el levantamiento del Templo Interior en el que existe la posibilidad latente de transformación para cada ser humano, el laboratorio en el que logre trascender el mundo dual, para fundir su carne con el espíritu. En esta catedral el hombre tiene la opción de descubrirse como parte del Todo a través de la mezcla de las cuatro “raíces” de acuerdo con el “Plan Original”; mezcla que delimita la creativa manifestación de la vida en el planeta, configurando una vasta multiplicidad de formas que favorecen el aprendizaje de las conciencias que penetran en el universo terrestre. Todo lo creado o manifestado corresponde a la fusión de la Tierra, el Fuego, el Aire y el Agua.

Como expresamos anteriormente, el verdadero origen de los 4 elementos se encuentra en una dimensión que nada tiene que ver con aquella a la que tenemos acceso a través de los cinco sentidos. El verdadero origen de estas raíces primordiales se encuentra mucho más allá de la tercera dimensión, en la que no podemos más que percibir una burda manifestación de lo que realmente son estos principios. Si aludimos a su representación iconográfica, encontramos que se trata de cuatro seres vivos: el león, el toro, el hombre y el águila, los cuales poseen miembros inferiores con la suficiente fuerza y peso con relación a su masa corporal, que les permite mantenerse en contacto con el mundo terrenal, transitar en él sin importar lo escarpado o accesible que sea el camino; además, sus miembros, en conjunción con la fuerza magnética emanada del centro de la Tierra, les dan la oportunidad de explorar y experimentar el mundo de la materia: los 4 elementos se manifiestan en la dimensión física. Pero si permitimos que el anhelo del buscador desvele la verdadera imagen, nos damos cuenta que el león es alado como aquel que desde lo alto flanquea el puerto de Venecia; el toro que reposa del lado inferior derecho del arcano XXI del tarot, “El mundo”, tiene también alas; el hombre es muchas veces representado con la figura de un ángel, ser que a través del vuelo acude a interceder por los humanos; por último, el águila por antonomasia posee estructuras emplumadas que, como a los otros tres, le permiten elevarse para observar al mundo terrenal desde donde lo hace el espíritu, desde lo alto, Todo es Uno. Los 4 elementos nacen y se manifiestan en la dimensión que denominamos espiritual con todo el vigor que esto implica.



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