Escuela de Pensamiento

Favorecida por la creencia de que lo que vemos es la consecuencia de la realidad existente,  la inercia refuerza la continuidad de una actitud que desea el cambio del mundo; sin reparar en que el mundo es la interpretación de lo que mantenemos en nuestro interior como creencia. Si el mundo es justo, injusto, bello, malvado, ecológico, tóxico… no es, sino la consecuencia de las interpretaciones vivenciales de quienes, desde su personalidad, dicen conocer al mundo como una identidad separada de ellos.

Aparte de que el mundo también soy yo; “yo”, como una parte del mundo, participo de la idea transformadora de que defino al mundo desde mi visión. Más allá aun, y sin sentimiento de apropiación: el mundo soy yo; no sólo como una porción, sino como probabilidad existencial de una creación, que en esencia se percibe a sí misma de acuerdo con la creencia “temporal” que mantengo como realidad consciente. Tantos mundos como almas en evolución, tantos credos como yoes necesitados de amor. Todos son Uno y el mismo mundo al unísono, todas las creaciones, posibilidades, probabilidades, “reales”, en cuanto que cada quien lo vive como verdad, y muestra una posibilidad existencial de un todo, que podría alcanzar la plenitud, si saliésemos de la creencia de que el mundo es una entidad separada del observador.

La idea de que lo que veo es lo que existe, lleva a las mentes a la copia incesante de una realidad inventada, que se transmite de padres a hijos y se hace fuerte por la colaboración diaria de todos los que participamos en ella. Esta creencia se instauró en el planeta mediante  la propuesta de Descartes, aceptada por la mayoría, de distinguir y diferenciar entre mente  y materia, otorgándole exclusivamente a cada una de ellas las competencias de lo religioso y lo científico, respectivamente.
Como definió Maturana “La objetividad, en último término, tiene su fundamento en el supuesto de que existe una realidad independiente de uno desde donde se valida lo que uno dice”. Esa supuesta realidad es la que estudia la ciencia autorizada, la que se mantiene a través de la transmisión de esa visión del mundo, que nació de una interpretación mental específica en un momento dado de la evolución de la humanidad, y que se ha instaurado como verdad. Esta postura defiende la existencia de una realidad “material”, que existe por ella misma, externa y ajena al observador que la define. De ahí que lo que muestra “la ciencia” ha de ser universal y acatado como norma general para todas las mentes existentes en el tiempo, pues su visión es la consecuencia de la medición y datación de una realidad en sí misma, que estudia como entidad ajena a su existencia.

Con esta visión, en su momento, las universidades perdieron su objetivo de inicio: la formación del Ser, el desarrollo del arte de vivir, y la esencia de la búsqueda de la verdad a través de la contemplación y el gobierno de los caracteres; para convertirse en educadoras de servicios y proveedoras de “salidas” profesionales, trasladando ideas “limitadas” de acuerdo a los “ismos” imperantes en cada legislatura del poder, pero siempre desde el paradigma de la visión externa, de la vida como una entidad ajena al sujeto que la estudia.

En la actualidad, dentro de la mente colectiva mundial permea la idea de que lo científico, es decir, lo instaurado en la sociedad de consumo, garantiza la evidencia de una realidad universal, y esta afirmación está suscrita por una creencia tan extendida, que incluso se ha configurado ya como incuestionable. A día de hoy, es casi imposible, a pesar de las evidencias desastrosas que estamos experimentando como colectivo humano, salir de esa interpretación del mundo, que pretende gobernar también las leyes de la Naturaleza y el sentido de la existencia humana.

A pesar de que en su momento, grandes mentes postularan verdades paralelas, como en el caso de Jung, Groff, Bohn, Sheldrake, o Wilber, entre otros, y mostraran evidencias de orden trascendente; éstas han sido relegadas a la superchería o a la falta de rigor “científico” y desechadas como patrañas que sólo distraen a las verdaderas mentes consagradas al orden destructor del mundo.

La palabra paradigma implica el concepto de "cosmovisión". Es la forma por la cual se entiende al mundo, al hombre, y por supuesto, a las realidades aprobadas por ese tipo de conocimiento. Todo ello está ligado a una serie de presupuestos aceptados que podemos denominar creencias de partida, que son incuestionables por ser parte del paradigma desde el que se perciben las cosas. En nuestro caso, al referirnos al paradigma reinante, hemos de trasladar la idea de que lo que se define como verdad, no es más que el acuerdo, paradigmático, que se ha establecido como base para desarrollar una ciencia y un modelo relacional humano.

El actual paradigma promueve la idea de una verdad externa universal que se evidencia como consecuencia de la repetición de hechos que constatan esa verdad, por lo que existe la necesidad de aceptarla colectivamente como un hecho innegable, todo aquél que no acepte, repita, y viva de acuerdo a ella, está fuera del sistema y por lo tanto, se convertirá en un ser, en un colectivo, o en una realidad marginal.

El modelo educativo actual, está tan extendido, aceptado y avalado en la propuesta de las verdades absolutas y las adecuaciones formativas para cumplir con la necesidad inventada de adquirir un puesto de trabajo y de tener una forma de ganarse la vida, que se ha perdido de vista la necesidad de enseñar a vivir. En nuestro mundo inventado,  se ha diluido el legítimo espíritu formativo, el sentido real de la enseñanza académica, despreciando tanto las necesidades expresivas humanas, como el desarrollo de las habilidades espirituales que permitirían a la consciencia mantener un vínculo sinérgico con el mundo y las conciencias de todos los seres que en él habitan. Esto favorecería la unidad integradora que permite la convivencia pacífica y armónica desde la diversidad complementaria, de acuerdo a las necesidades reales del colectivo y del Planeta; y no, como ocurre ahora, a las exigencias inventadas por una mente poderosa, que ambiciona un tipo de vida que está llevando a la humanidad y al Planeta, por la interpretación de la mente humana que se replica constantemente en las aulas, hacia la destrucción.

Tanto ha calado esta pseudo verdad, que incluso en los ámbitos “alternativos”, donde se habla de cambio de paradigma y de desarrollo de la consciencia, se repiten los modelos escolásticos que centran la atención en la formación, y salida profesional, más que en la liberación de la mente del individuo, para que desde su verdadera condición evolutiva, pueda recrear en su parcela piscogeográfica el área del mundo que le corresponda por evolución, favoreciendo con ello la emergencia de nuevos espacios, tanto psíquicos como urbanos, para seguir la exploración de esta entidad única, el mundo que nos contiene, y desde donde puedan manifestarse  tantas probabilidades como entidades exploradoras transiten en el tiempo, sin interferir, contradecir, ni descalificar la interpretación que por su nivel, como unidad personal, han alcanzado de la totalidad, o del mundo, y se expresen para compartir creativamente, promoviendo así ajustes de complementariedad, según las necesidades especiales de cada segmento particular, círculo, familia, sociedad, etc.

Nos encontramos en un momento creativo que no pretende confrontar ni abolir, sino  expresar y consagrar espacios de orden renaciente, que fomenten la diversidad generadora y exploradora de las mentes libres que se inician en el mundo para comprender el verdadero sentido de la existencia. Estamos frente a la oportunidad de recuperar las Escuelas de Pensamiento, como espacios favorecedores del autoconocimiento y de la evolución, en los que se expresen, en lo colectivo, las nuevas evidencias nacidas de la propia entidad global a través de sus unidades particulares, que se muestran en el mundo como personas. Estas Escuelas han de fomentar la experimentación de lo trascendente del Ser, y la apertura hacia el descubrimiento, por sí mismas, de las personas que se internen en sus aulas, alejadas de dogmas o ideas de partida que castren la posibilidad de alcanzar nuevas propuestas innovadoras acordes con los escenarios de su tiempo.

Por encima de la ciencia, de la religión, o de la espiritualidad “chata”, la necesidad integrativa del ser humano trasciende los ismos, y las limitaciones estructurales que hasta ahora han compartimentado la información libre de condicionantes, que aún se mantiene intacta a pesar de la interpretación que se le dio en el pasado.

Estas Escuelas han existido en todos los tiempos, a veces veladas por temor al descrédito o a la aniquilación; les inspiraba el amor a la verdad, al ser humano, a la Naturaleza y al Cosmos, que en realidad, desde su cosmovisión, eran una misma entidad. Desde que en el año 529 d. C. el emperador Justiniano cerrara la Academia (y el resto de escuelas filosóficas atenienses), prohibiendo la enseñanza de la filosofía, hasta nuestros días, se han sucedido muchos episodios de renacimientos y oscuridad en el ámbito docente. Cada cambio político en el gobierno lleva implícita una renovación vinculada a la interpretación del modelo del mundo que quieren transmitir en las aulas, para que más tarde la visión del mundo tenga visos de universalidad y así conquistar las mentes e inventar una realidad que no se sostiene, porque está acabando con el campo de pruebas de nuestra interpretación, el Planeta Tierra.

La Escuela Andalusí, nuestra Escuela de Pensamiento, abre sus puertas a la exploración del sí mismo, del self, tanto en el humano como en el cosmos, tanto en el mundo, como en la psique; buscando que el alumno encuentre la verdadera naturaleza mutable del Universo, en el único lugar en el que lo puede hacer, en su interior, reconociendo como perfectas todas las formas de emanación del Todo que coexisten en él.

Más allá de los centros formativos al uso, hoy, más que nunca, necesitamos Escuelas de Pensamiento que recuperen la figura del hombre y la mujer justos, que fomenten el libre pensamiento y con ello, la felicidad.

Luis Jiménez

Más allá de las terapias naturales, o la evolución de la consciencia.

La expansión de las terapias naturales ha sido tan extraordinaria que ya nadie se asombra de que las enfermedades puedan ser tratadas con plantas, energía, imanes, etc. Sin embargo esta propuesta tan “natural” no es del todo evolutiva, ya que el enfoque paradigmático de aplicación de los remedios, por  muy naturales que sean, mantiene la mirada sanitaria que reduce al síntoma a un malestar que hay que eliminar sin tener en cuenta el sentido profundo de su existencia, como parte integrada de una totalidad representada por el ser humano que lo siente.

La medicina natural, que tan de moda está últimamente, tan sólo ha cambiado sus productos para eliminar la enfermedad, pero mantiene la misma idea sobre ella que la medicina alopática. Adentrarse en un paradigma evolutivo es algo más que cambiar remedios sintéticos por naturales. Imponer las manos para que desaparezca un dolor de cabeza, recomendar una infusión de plantas para relajar la tensión, ajustar una cadera osteopáticamente, o elaborar un remedio floral personalizado para disipar el miedo, es fruto de un comportamiento “médico” o sintomático, ya que no se está teniendo en cuenta el síntoma como parte del proceso evolutivo del paciente.

Desde el  paradigma evolutivo, los síntomas, no son entidades aisladas que hay que extirpar, son los símbolos que en la superficie consciente de la persona, transmiten información con un propósito trascendente. Encierran en su naturaleza un sentido profundo y necesario para compensar y mantener con garantías el buen funcionamiento del sistema psíquico en su totalidad. Actuar sobre los síntomas sin tener en cuenta su vínculo inconsciente con una alteración profunda de la psique, provocará en el sistema, la necesidad de compensar su inestabilidad, nuevamente, a través de otra manifestación “patológica”.

Llegados a este punto, es imprescindible preguntarnos sobre la naturaleza del síntoma, su sentido existencial y para ello deberíamos introducir algunos conceptos propios de la mirada evolutiva, que integra en un todo tanto lo psíquico como lo físico.

Si lo psíquico y lo físico son una y la misma cosa, como aseveraba Jung, ambas como representaciones simbólicas deben ser el territorio existencial de una entidad “única” de la que ambas parten; esta entidad para el paradigma evolutivo es el Alma.

De esta forma el alma, como estado de plenitud y consciente de sí, queda determinada en el espacio tiempo como sujeto autoconsciente,  que dispone de un territorio, que es a la vez psíquico y físico para reconocerse como alma en el tiempo y conocer su estado evolutivo en función de las representaciones simbólicas que ella misma expresa progresivamente en el territorio psicofísico, que sigue siendo la misma entidad.

El estado psicofísico que emerge a la conciencia, como prueba de la evolución del alma, en su  desarrollo natural de acuerdo al plan establecido por ella misma, es la Paz. Este sentimiento, inherente a la naturaleza humana, es termómetro del desarrollo evolutivo del alma, y es el que debe aparecer al atender al síntoma como la manifestación física de una detención en el proceso de aprendizaje. Al transformar, “lo patológico”, en información simbólica, e integrar la negativa a seguir el proceso natural de desarrollo, se elevará la consciencia de la persona a través del reconocimiento de una nueva enseñanza existencial, disolviendo un patrón de comportamiento adherido a una creencia, que se mantenía ligada a la idea de identidad, que el sujeto sostenía en el tiempo, al margen de su condición evolucionada, en la conciencia libre de su alma.

El alma dispone, en potencia, de todas las virtudes necesarias para gestionar en el tiempo las “supuestas” adversidades que la vida le pondrá delante como parte del aprendizaje y desarrollo de su propia autoconsciencia. Las cualidades y habilidades que se necesitan para seguir adelante en la vida están ligadas a la vida misma y emergen a la consciencia en el acto de abrirse camino a través de ella. El síntoma físico o psíquico, que en el ámbito sanitario denominamos enfermedad, como símbolo, en el camino evolutivo del alma, es el recurso del que ésta dispone para favorecer la detención de la actitud desviada y llamar la atención sobre otras áreas de la vida que no estaban siendo atendidas por la rutinaria forma de vivir, que se había instalado en la conciencia yoica.

De ahí que tratar la enfermedad como si esta fuera un inconveniente para la vida del paciente, en lugar de introspectar para descubrir lo que el paciente nos está diciendo a través de ella, no es más que la reproducción de un paradigma caduco y abortar la posibilidad de instaurar, en el ámbito de la salud, una mirada evolutiva y consciente que nos ayude a vivir en Paz de acuerdo a los dictados del Alma.

Cada persona es una entidad completa, única y sabedora de su propia vía de expresión. Tanto la enfermedad como entidad y el síntoma como particularidad son puertas que permiten entender un poco más a la persona y su necesidad evolutiva en su nueva etapa de desarrollo. La Terapiafloral Evolutiva favorece el autoconocimiento de la persona, a través de su forma de ser integral, estableciendo como vía de autodesarrollo, la traducción de cualquier síntoma que aleje al paciente de la Paz y transformando este en consciencia de sí, al resignificar los comportamientos que ya no son coincidentes con la nueva etapa evolutiva que vive.

Porque lo verdaderamente importante es el desarrollo de la consciencia y el síntoma es una oportunidad que nos permite reconsiderar nuestra existencia. Si el síntoma no se integra en la totalidad Alma, como una expresión coherente de la misma, seguiremos comportándonos como siempre por mucha naturaleza que introduzcamos en la salud.

Luis Jiménez