La auténtica expresión del Ser
Ser
fiel a uno mismo, no es hacer lo que se quiera, sino lo que está destinado para
uno.
La
felicidad no depende tanto de lo que se vive, sino de cómo se vive lo que hemos
de vivir. Y lo que hemos de vivir está directamente relacionado con lo que uno
es y ha de cambiar para seguir su desarrollo. A veces nos empeñamos en
imaginarnos de una forma determinada y en esforzarnos a vivir así, en la creencia de que así somos, sin tener en
cuenta que no sabemos cómo somos realmente.
A veces una circunstancia, un hecho compartido con otros, pone delante nuestra un
comportamiento inusual hasta ese momento que desbarata la idea que teníamos de
nosotros mismos. Es como si nos hubiéramos traicionado, fallado, errado, en
definitiva nosotros no podemos ser así, por ello eso ha de ser un error y nos
limitamos a condenarnos o a sufrir el fallo mientras nos acordemos y cómo no, a
mantener una actitud represiva para que no vuelva a suceder nunca más.
Saber
cómo somos es fruto de estar abierto a sentir de verdad, a aceptar lo que
expresamos y ser consciente de ello, sin determinar qué somos, sino cómo nos
expresamos. Por ello las experiencias pasan a ser transformadoras en el momento
en que se aceptan como tales y se desligan de cualquier modelo moral o vinculo
personal. Si se atiende al aprendizaje que ha traído y se integra la nueva
faceta descubierta para ampliar los márgenes del amor, todo es transformador y
en sí mismo no ha sido más que la necesidad de vivir para saber de tí y seguir
evolucionando. Todo lo demás no es más que la rémora mental de una necesidad de
encajar en el modelo anterior a la vivencia que fomentará el sufrimiento y el
estancamiento.
Disolver
lo que impide aceptar lo vivido e integrar
la nueva faceta que ha emergido como
consecuencia de la experiencia, es todo lo que se ha de hacer. Ello nos llevará
a deshacernos de ideas y creencias que sosteníamos en la mente y que la
vivencia nos ha hecho comprender que no coinciden con la realidad vivida, es
decir con nosotros. La consciencia de lo vivido, la aceptación del hecho y la
asunción de la responsabilidad total de lo provocado nos llevarán a un grado
mayor de compasión y compromiso con el amor, en cualquier ámbito de la vida.
Lo
que vivo es lo que soy y la resistencia a aceptar el hecho es lo que me aleja
de mí. ¿Quién soy realmente? ¿Lo que digo ser y me repito mentalmente, o lo que
vivo aunque niegue que soy eso? La
aceptación de lo que vivo como expresión de lo que verdaderamente soy
facilitará la transformación de todo aquello que no coincide con lo que siento
que he de ser, pero no habrá un cambio hasta que aceptemos lo que realmente somos ahora.
La
búsqueda de lo bueno o lo malo, de lo correcto o lo incorrecto, de nuestra experiencia
nace de la tendencia evaluativa que se nos ha inculcado desde el paradigma del
vencedor y el vencido, del cielo y el infierno, del premio o del castigo. Por
ello mientras se intenta enmendar lo vivido se pierde la oportunidad de ampliar
las márgenes del amor tras la lección.
Soltar
para volver a estar en una nueva visión de la realidad, renovada por la
experiencia, es la vía hacia la sabiduría, que permite la libre circulación del
alma a través de los modelos impuestos en el psiquismo colectivo por la
reiteración de experiencias que se mantienen en el tiempo como verdaderas,
aunque no encajen contigo, y por lo tanto necesarias para el desarrollo.
Vivir
desde los modelos vinculados a nuestra experiencia familiar, social o
paradigmática, es un tránsito imprescindible para la estructuración de una
entidad sostenida en el tiempo, aunque sea desde la construcción heredada por
necesidad que nos lleva a construir un yo sólido aunque prestado. El nacimiento
de la individuación, de la capacidad de pensar y vivir al margen de las ideas
impuestas por otros: clan, familia, sociedad, etc. No lleva implícito la
necesidad de separarse de ellos, pero sí de mantener una mirada crítica, pero
compasiva que permita tener una visión propia. Amorosa pero definida, en
relación pero no simbiótica. En definitiva las relaciones son la puerta al
conocimiento interno, ahí es donde nos vemos realmente, si somos capaces de
aceptar lo que vemos y no lo atenuamos con teorías y justificaciones.
Los
encuentros, los desencuentros y todo ese amor, mundano, necesario, diría que
imprescindible y su necesaria exploración hasta el cenit de su Naturaleza
trascendente va más allá de una relación, sin embargo, solo en ámbitos de
naturaleza intima, donde los seres se reconocen, se desnudan y comparten la
existencia desde el amor y la trascendencia, es posible alcanzar la cima y
vivir en la vida explorando sin cesar los misterios del Amor.
Hasta
ahora la humanidad había vivido desde el paradigma del miedo, de la conquista,
de lo propio, desde la imposición del beneficio, de convertir al otro en su
proyección, deseo o por salvar su necesidad.
Las nuevas interpretaciones de las relaciones y su necesidad vincular
para amar y desarrollar la piedad y la tolerancia compasiva, nacen de la
necesidad de jalonar un trozo más de la vía del amor que ya se insinúa en
algunas personas que sienten la necesidad de amar sin poseer, de amar sin
determinar el modo y aceptando todo lo que llega como idea transformadora que
elevará la relación al grado más adecuado del amor total que en ese momento
pueda vivenciarse.
Este
proceso disolvente que va dejando atrás todo lo que concierne al deseo, para
que poco a poco vaya emergiendo el verdadero amor, se desarrollará
necesariamente en los sistemas más adecuados para ello como son la familia, los
hijos, la pareja, sobre todo, pero
también en cualquier relación de tránsito que vivamos esporádicamente. Hemos de
tener en cuenta que lo importante aquí no es la relación en sí, sino mi
relación con migo mismo a través de ella.
¿Dejo
de ser yo cuando estoy contigo?
¿Puedo
ser yo aunque estés ahí?
¿Cómo
ser yo en libertad, amarte y mantener una relación?
Las
relaciones son como vasos comunicantes, que atemperan la expresión individual a
través del gesto complementario que el otro vive para armonizar al dúo. Lo que
tú haces permite que yo haga lo mío, si yo hiciera lo que tú haces, tú harías
lo que hago yo. Porque lo que hacemos cada cual es cumplir con el rol que la
relación exige para sanar lo que no es amor. Tú y yo somos uno y la relación es
más que la suma de los dos, la relación es la puerta evolutiva que permite, a
través del amor sanar la proyección que yo hago de mí en ti. Cuando los
encuentros son conscientes no existe lo que tú haces o lo que hago yo, si no lo
que pasa entre los dos para integrar lo que somos a través de la relación,
gracias al amor.
Luis Jiménez
