La entrada en el laberinto
Ya
estás aquí, has caminado mucho. En ti se encuentra la información necesaria
para alcanzar tu destino. Descubres las normas y objetivos creados por otros
–quizás hayas sido tú mismo el creador de éstos– que ahora determinan los
movimientos que de acuerdo a las leyes de los hombres que debes seguir. Pero en
ti existe la certeza de tu verdadera naturaleza, velada por la información que
ahora recibes para convertirte en «humano». Antes de llegar aquí debiste
aprender las normas básicas de la supervivencia para mantenerte en la forma que
permitía tu existencia.
Cada
vez más sofisticadas, cada vez más inclusivas con el grupo, desarrollando con
maestría las funciones psíquicas, conociste las leyes de la naturaleza, y sin
conciencia de los mecanismos que las animaban, las acatabas, participabas de
ellas con naturalidad y permanecías conectado a la fuente de toda vida para
expresar en cada momento lo más adecuado para el ecosistema en el que te
desenvolvías. El cuerpo, la emoción y la mente, fueron robusteciéndose y
haciéndose cada vez más presentes a través de formas aptas que permitían tu
expresión por estos mecanismos para comprender la vida, tu ser.
Ahora,
en el reino humano, posees los elementos necesarios para hacer consciente lo
que has experimentado mecánicamente: lo físico del reino mineral; lo emocional
del vegetal; lo mental del animal; para desarrollar ahora lo transpersonal
correspondiente a esta nueva etapa de tu desarrollo hacia la «fuente».
Al
entrar en el reino humano, en «el laberinto», posees las herramientas pero no
la destreza para utilizarlas de acuerdo a tus verdaderas necesidades. El
laberinto está lleno de puertas, cada una te lleva a un lugar. Tú eliges, la
naturaleza te trajo hasta aquí y ahora tú decides cómo moverte, incluso si
quieres detenerte. Para ello deberás reconocer quien eres, más allá de la idea
que tienes de ti. Piensas pero no eres mente, sientes pero no eres cuerpo,
quieres pero no eres emoción, te mueves pero no eres acción, sin embargo necesitas
de todo ello para saber de ti, he ahí la
paradoja. No eres eso pero estás construido con ello, y así sabes de ti, por lo que debes conocer
perfectamente como funcionas para descubrir qué hay más allá.
Toda decisión tendrá su
expresión posterior y acontecerán sucesos que permitirán, en todo momento, la
expansión de la conciencia hacia el descubrimiento de tu verdadera naturaleza.
Saber el tiempo que lleva cada ser en el reino humano es algo complicado para
mí, pero según sus necesidades actuales, puedo percibir la habilidad que ha
desarrollado en el proceso de su existencia y esto me indica el grado de
percepción de sí mismo que ha alcanzado.
Al
entrar en el laberinto debemos revestirnos con los ropajes propios del cuarto
reino de la naturaleza y estaremos sujetos a las reglas de juego que rigen en
él. Tendremos que desarrollar y manejar con habilidad las distintas calidades
energéticas que hemos compartido con otros seres en los anteriores reinos en
los que hemos vivido hasta comprender sus mecanismos y ponerlos al servicio de
nuestra verdadera realidad interior, para que así nos acerquen cada vez más a
nuestro destino final, «la vida».
Los ropajes para la primera escena
Ahora
estás solo, tutelado por las atentas miradas de aquellos que conocen y potencian
el desarrollo de la humanidad, pero solo. Hasta este momento, cumbre de la
expresión de la vida en la Tierra, pertenecías a grupos, compartías la
experiencia con la raza animal o especie vegetal o mineral de la que formabas
parte, te nutrías como grupo y compartías tus experiencias con él y en él.
Ahora
comienza tu camino individual. Encarnas por primera vez en el reino humano y lo
que en otras edades era mecánico ahora deberá ser consciente. Tienes un cuerpo
que te capacita para percibir lo físico, las sensaciones en tu cuerpo, la
emoción que te hará percibir los matices sentimentales que te muevan en las
relaciones con otros seres y la mente que hará inteligible los procesos que
percibes y te capacitará para comprender las reglas del juego. Pero eres mucho
más, éstos sólo son los ropajes para poderte mover por el nuevo escenario,
antesala de la emancipación de la conciencia.
Desde
este instante en el que ya formas parte del reino humano deberás desarrollar
hasta la perfección las habilidades que existen en este plano de la
manifestación para finalmente ponerlas al servicio del nuevo grupo al que ahora
perteneces. Después de que hayas reconocido las reglas del juego y no seas
presa inconsciente de ellas, advertirás el verdadero sentido de tu vida, de la
vida en este planeta y participarás activamente para acercarte conscientemente
a ella.
Muchas
edades presa inconsciente de las normas, de tus intereses individuales basados
en los contenidos básicos de las estructuras tipológicas que dan forma a la existencia, de la
necesidad de la experimentación y de los errores por ignorancia, te llevarán
posteriormente a preguntarte por otros caminos que conducen a la sabiduría existente
en la vida que te anima.
El bautizo
Fluir,
buscar el origen, descubrir por ti mismo quién eres y cómo has llegado a ser lo
que dices ser. Separarte sin miedo de todo lo que reconoces como «yo».
Sumergirte en las cristalinas aguas de tu propio ser, que espera desde el
origen el abrazo, el reconocimiento, el reencuentro.
Seguramente
para que esto sea una realidad y se plantee conscientemente, para que sea,
deben transcurrir muchas edades, experiencias, grandes identificaciones y la
ignorancia completa, incluso el rechazo pleno del motor transpersonal que ha
animado desde el principio a la totalidad de cada ser.
Sin embargo, en este estadío, el ser ansía la
libertad, la paz por encima de todo y percibe que esto sólo llega vaciándose de
todo lo que no es él. Busca la transformación en la transparencia para que la
vida fluya a través de él sin obstáculos. Sin normas, sin credos, sin dioses
creados por los hombres fruto de la ignorancia y el miedo. Miedo que nosotros
mismos hemos acuñado y revestido con mil ropajes sutiles para justificar
acciones, adoptar posturas, alimentar ambiciones que una y otra vez nos
llevaban al desencanto, al descalabro y a la depresión. Punto de partida para
una nueva andadura que iría fortaleciendo o ablandando –según se mire– el
núcleo que un día se plantearía la pregunta ¿quién soy yo?
Mira
de frente este cuestionamiento sin que se altere tu ser, permanece sereno
contemplando los aspectos de tu psique que prefieren otros temas, que desean
hacer otras cosas. Siente la incomodidad interna que pretende desviar una vez
más la atención hacia otro lugar que no requiera esfuerzo. Permanece, contempla
los caracteres intelectuales repletos de información que expresan una y otra
vez su conocimiento, fruto del atesoramiento cauteloso de la memoria, madre del
pasado.
En
calma, en paz, con la certeza del que sabe en su interior. Poco a poco se
ahogan las palabras, las sensaciones y las emociones se tornan inaudibles y en
ti surge un aroma, algo que sin ser conocido, conoces. Se inflama, te envuelve,
todo tú desapareces sin desaparecer. Ya no estás pero es cuando estás
realmente.
Llegar
hasta aquí es el punto de partida para comenzar la obra. Tienes el temple, el
coraje de mirar y mantener la mirada, de sentir y permanecer abierto para
descubrir. Vives, sientes desde otra perspectiva que transforma. Se introduce
un elemento muy valioso para todo buscador, un centro al que volver, un punto
de referencia. Puedes emprender, realizar, crear en cualquier área de la vida y
todas ellas son espacios de perfeccionamiento donde adquirir la destreza
necesaria para seguir avanzando en la búsqueda interior. Verdadera realidad de
tu vida, de la vida.
Libro: Humanidad y flores de Bach, por Luis Jiménez

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